¿Por qué habría de importar si verdaderamente me conoces? Es realmente difícil conocerme, yo no puedo decir que lo he logrado y creo que pasa exactamente lo mismo con todo el mundo. Si nos definimos como tiempo y dijimos que él mismo es cambio, entonces nosotros mismos somos un dinamismo inaccesible. No podemos hablar de mónadas, de alma, de espíritu; hablar de razón es demasiado aburrido y creer en el humanismo me resulta demasiado iluso. El cambio es inalcanzable por su velocidad y, tan obsesionados tratando de ponerle un nombre, sea cuál sea, hemos olvidado volvernos a preguntar, ¿qué no hablar de cambio es como si habláramos de progreso? ¿No será que todo cambio, al menos para nosotros seres humanos, implica una evolución? ¿Alcanzar un estadio mayor del espíritu, alma, ser o como guste llamársele? ¿No será que en realidad nos damos cuenta que no hay nada más que la rutina, sea ésta industrial, urbana, tecnológica o simplemente biológica? En otras palabras, habría que ver si nuestra vida, nuestro tiempo, es en realidad un ciclo o más bien una espiral. ¿Cuándo morimos regresamos al estado de inexistencia previo a la concepción? ¿Nos lleva a algún lado la acumulación de información a lo largo de nuestra vida? ¿Sirve de algo la memoria?
Ya hablamos del tiempo, de la nave de los locos, de nosotros. ¿Respondemos las preguntas concernientes al ser? ¿Tiene algún efecto la conciencia cronológica de la existencia con nuestro estado al partir y decir adiós a este mundo? ¿Sabemos algo diferente y reconfortante sobre la existencia al morir?
Resulta atractivo y al mismo tiempo desafiante creer que toda la vida se vive igual, de modo que, al morir, no hemos resuelto las preguntas que nos hemos venido haciendo desde muy jóvenes, día a día. Sólo buscamos fechas para satisfacer nuestras ansias de un cambio aunque sea pequeño, no importa si dura tan sólo unos instantes, lo importante es “romper” con la monotonía, la transformación no es importante ya que regresaremos, tarde o temprano, a nuestra rutina (reitero, aunque sea biológica). No importa si es por culpa de la visita anual de Papa Noel, de otro Nuevo Año, de la brujería, de Henry Miller o de Miles Davis, al final sucede de igual manera. No sabría qué decir, en realidad es demasiado complejo y las palabras resultarán ser solamente migajas de lo que pudiera ser una gran engañifa de la imaginación. Ahora que ya somos personas 2006, un año difícil, como dicen por ahí, espero que sea uno bueno y traiga la mejor de las suertes, que hay tantas que uno ya nunca sabe (tanto años como suertes). Nos vemos pronto.
p